El finde estuve en Rosario

Reseña del libro «El finde estuve en Rosario» de Maria Victoria Sananes para el club de lectores de la biblioteca de TURMA por COPIA

Me encuentro con María Victoria Sananes (@toiasananes) en un Café sobre Av. Dorrego por el que pasan muchos colectivos. Llego primera y cuando me avisa por whatsapp que está a unas cuadras pienso en cómo saber quién es quién. En general, este miedo nunca tiene complicaciones porque, o soy la única sentada fumando un cigarrillo mirando para las cuatro esquinas o porque en mi foto de whatsapp aparezco con el mismo corte de pelo que llevo ahora, solo que un poco más prolijo. La reconozco de inmediato, es bastante parecida a las selfies del libro del que nos juntamos a conversar y me gusta ver cómo era en el 2014, siento que la stalkee en alguna red social pero lo cierto es que no.

 

 

 

 

 

 

 

El finde estuve en Rosario, el libro de Sananes ganador del Premio Fundación Larivière, nos abre una puerta.

 

Con una foto en la portada de un tanque escupiendo fuego blureada, y unos puntitos que simulan ser la contraseña de un celular, nos adentra al terreno de lo epistolar: conversaciones entre la autora y un amigo de la infancia, que se fue a vivir a Israel y está en la Tzavá, el servicio militar obligatorio en medio de un operativo bélico.

El libro aparenta ser un celular, entra en la palma de nuestra mano, tiene bordes redondos como tienen los Iphones, es mate — que a primera vista uno pensaría que es todo lo contrario a un dispositivo electrónico, porque estos últimos reflejan brillo, pero si lo pienso bien, el brillo en papel me remite a las revistas y el mate, a otra cosa. El mate succiona, comprime, el brillo expulsa. Y el celular, succiona.

 

 

 

 

 

Conformado por fotos, capturas de pantalla y textos de whatsapp, el libro documenta dos estadios simultáneos explorados con la misma fuerza e importancia. Lo que me parece increíble de esta dualidad, que se ve desde la portada (el título habla de Rosario, la foto de la guerra) y que se mantiene en todo el libro tiene que ver con la intención de mostrar una guerra por el costado, o mejor dicho, una guerra que existe en simultáneo a todas otras cosas que también están pasando.

 

 

 

 

La narrativa pareciera adaptarse al formato, que se desarrolla mediante conversaciones, a veces triviales y a veces más intensas entre estos dos amigos para saber el uno del otro. Victoria va a una clase de swing, Ariel sale de fiesta, Victoria viaja a Rosario, Ariel con un arma de balas de goma.

 

 

 

 

 

Preguntas que se responden con Selfies, imágenes que se responden con otras imágenes. La hora, los emojis, los errores de ortografía, constituyen las piezas indispensables para la conformación de la obra.

 

 

 

Cuando pedimos el café Victoria apoya el libro con su maqueta y la diferencia entre ambos es clara.

 

 

 

 

 

El fotolibro parece convertirse en celular hacia el final, se tecnifica con detalles estéticos y conceptuales. Le hace algo al lenguaje, lo cambia. Redondea sus puntas, pasa de fotos doble página a fotos de una sola.

 

Se permite perder los detalles de fotos grandes que se exponen a lo largo, pero lo suplanta con zooms digitales. No es necesario acercarse al objeto, la autora hace zoom en donde quiere que prestemos atención (como por ejemplo en la pupila de Ariel, en una selfie que le manda en donde tiene el ojo levemente desviado por el estrés de la situación).

 

El tamaño, las fotos, los guiños, los pixeles y el blureo hacen del libro un híbrido.

El libro es celular y es libro. Es foto y es captura de pantalla. La autora es fotógrafa y guionista. Escribe y chatea. Recolecta, selecciona, y construye un relato mediante otro.

Los formatos nuevos proponen formas nuevas de documentar y libros como los de Toia agrandan el universo de lo fotografiable. Sin entrar en el debate de “¿hasta dónde llega la fotografía?” (la respuesta parecería ser: ¡¡muy lejos!!), El finde estuve en Rosario es un libro empapado de presente, sin quedarse atrapado allí. Implanta preguntas sobre la imagen, sin perder en el pasaje de lo virtual al objeto, lo frágil de esas conversaciones que parecieran ser, por naturaleza, descartables.

reseña: COPIA – ❤ @copia___________ – ✎ somoslacopia@gmail.com

Este libro es forma parte de nuestro catalogo, se puede visitar en nuestro  catálogo virtual  o buscador por palabras  y participar del club de suscriptores para compartir libros & investigaciones.

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El caballo de dos cabezas. Representación en diez actos.

Reseña del libro «El caballo de dos cabezas. Representación en diez actos» de Mariela Sancari para el club de lectores de la biblioteca de TURMA por Rosana Simonassi

Cierro el libro en la primera hojeada y creo entender por qué me piden que lo reseñe.

El tema que a mi me interesa en relación a la producción de mi obra, a la reflexión sobre el arte y mis investigaciones teóricas, dónde pongo el ojo, qué prefiero leer, etc., incluso las propuestas de mis grupos de estudio, giran en torno al problema de la representación y, particularmente, el problema de la representación en el arte, o, dicho de otro modo, cuáles son los bordes por los que saltar una vez que el sentido ya esta certificado.

El libro El caballo de dos cabezas. Representación en diez actos de Mariela Sancari tiene de fondo esta misma pregunta.

Este libro se construye dando cuenta que nace a partir de algo que ya no está (el proyecto anterior del que parte, la pieza teatral que emula pero no describe, el guión de una vivencia pasada, las duplicaciones de los personajes en dobles de sí mismos, los futuros creados en la huella del presente y otras).

Qué es lo que no está mas?  Ya no importa.

Son excusas para la vitalidad y la fisios de lo real.

Escalones de la actualización donde no hay original.

Estamos frente a la recreación de una representación de otra cosa. Círculo de afirmación del simulacro. Intensidad de la apariencia. Pero, ¿qué otra cosa hay?.

Estructurado como guión técnico, indica, se involucra, marca y determina las pautas de la representación, cuestionando de paso lo que la imagen en todas sus formas y destinos tiene como misión, la duplicación del mundo.

La vivencia, actualizada y solamente viva en el presente, motorizada en el libro por medio de imágenes que escenifican la frialdad y la acción (que alejan el latente dolor de amores, fetiches y distancias familiares), extienden una historia sugerida, que desaparece pronto como literalidad, para que tome protagonismo la pregunta por la aceleración, la actividad es la escenificación. 

La sola verdad con minúscula.

Una voz narrativa que rota entre la directora, la hermana melliza 1, la autora, la actriz 2, el actor 1 ó 2, la actriz 1, la hermana melliza 2, no nos deja identificarnos, montarnos sobre el relato de alguien, ni siquiera sobre una de las variables del formato recreado. La estética de todo el libro nos lleva al ascetismo.

Hablan las hermanas. Hablan las actrices. Dialogan entre ellas. Dialogan entre ellos. La directora de la obra de teatro da indicaciones. Los actores no la entienden. Ella pide que sigan. No hay nada que entender, dice. Las hermanas son jóvenes, son viejas, son varones, es ahora, es antes, es mañana. Ellos son amigxs, son amantes.

Hacia el final hay información que tiende a ordenar, pero por suerte no diluye el maremoto anterior: Mariela parece ser melliza.

Este libro es el supuesto guión para la recreación en teatro de una serie de fotos del pasado. Por otras publicaciones sabemos que su padre puede haber muerto.

También hay cuatro páginas de teoría: Sobre la certeza, sobre la escena y la representación en relación a la imagen, sobre la cicatriz y la herida. Una capa más de actualidad.

El libro es una linea abierta que se propone como Presentación, jugando a Recrear, Escenificar o Representar. Ya no está presente aquello, nunca estuvo. Aquello se crea en la actualidad de la acción ya sin referente. 

reseña: Rosana Simonassi – ❤ @rosana.simonassi – ✎ rosanasimonassi@gmail.com

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UN TIEMPO DE GRACIA

Reseña de la publicación BARDO de Lucila Heinberg para el club de lectores de la biblioteca de TURMA por Florencia Cosin

Es domingo a la tarde, y en el fondo de una casona vieja en Buenos Aires nos reunimos a celebrar la salida de imprenta de Bardo, el último libro de fotografías de Lucila Heinberg.

Todo esta listo pero aún no comienza. En el fondo de la casa, que devino en espacio cultural, se dispusieron mesas y sillas bajo los árboles. Algunas fotos del libro están pegadas en las paredes. Forman pares aleatorios, son pruebas de imprenta, descartes de pliegos que no respetan el orden en que las imágenes se ven en el libro, pero mantienen el tono y la música que propone.

El patio se va llenando lentamente. Llegan colegas, amigos y algunos niños. Crece un bullicio. Un momento después la autora toma la palabra y cuenta.

Es un libro de fotos de un viaje. No importa muy bien cuál es el destino, es un libro que tiene una sola certeza, la certeza de que lo bello es también lo triste. 

Es un libro que pregunta, pero que no sabe cómo decir.

Toca ese momento entre la vida y la muerte, que el budismo resume con el término bardo.

Es un libro que honra la vida, su azar y su tragedia:

Un niño jugando en la vereda  y una cabra muerta.

Un muchacho joven con una ametralladora entre las manos que sin embargo sonríe.

Y el mar,

que todo lo limpia,

que todo lo lleva.

Alguien mira por la ventana de un tren

mientras una chica sale del agua,

y otros van hacia ella.

Una pareja de novios parados en la calle, de espaldas a la cámara. Están listos para casarse. Tienen toda una vida por delante. El vestido blanco de la novia deja su espalda al descubierto. La espalda representa el tiempo pasado para el budismo, las heridas no resueltas.

y la espuma del mar en las orillas,

Un niño se ha acostado a dormir. Se cubre con una manta blanca. Antes de que llegue el sueño  o cuando el niño despierta, la cámara los descubre con los ojos abiertos.

Fotografías tomadas con película, algunas veces vencida, traen postales de un tiempo fuera del tiempo.

Dos hombres que caminan de espaldas a la cámara. Vestidos de negro, con trajes casi idénticos entre sí. ¿Hacia qué sabidurías van? Solo dios lo sabe. Caminan con las cabezas bajas, mirando el suelo de la ciudad que habitan. Safed  – la ciudad hebrea en la que se estudia la cábala – .  Ha comenzado shabat. El día de descanso.

Los haluros de plata de la película vencida forman una capa de manchas amarillas sobre Safed, pero el paisaje podría confundirse con una pintura oriental. Un ascetismo gobierna la imagen, los hombres se ven pequeños y nadie los rodea. La economía del paisaje hace el silencio.

La foto de los estudiosos de la cábala es lo bello. Y esta justo en el centro del libro: su corazón.

Hay algunas imágenes a las que la autora define como autorretratos: un perro, una cabra, un cerdo y la cabeza de una cabra muerta. “Soy lo otro, me siento lo que veo” dice Lucila.

En todos los autorretratos se cuenta lo animal, lo salvaje, lo que no se conoce. Estas imágenes desde la ironía se mueven hacia la risa.

En el único poema del libro la autora escribe:

“Un amigo me regaló un tiempo de gracia,

no sé cómo lo usé,

intenté ser fiel a mí

ni idea qué es.

Mi mirada cambió

Fui feliz y me sentí culpable”

Este conjunto de fotografías reunidas como si formaran juntas un ramo de flores, ¿qué quieren decir?

Es un libro de un viaje. Y de una casa. Y de muchas casas.

Insisten los retratos de personas de espaldas, pero también insisten retratos frontales que sostiene la mirada. Paisajes donde la naturaleza se impone. Fotografías de iglesias, edificios y casas pequeñas. Antenas parabólicas vistas desde lejos y también desde muy cerca.

Las dobles páginas proponen encuentros de diferentes universos. Algunas veces parecen ser opuestos entre sí. Como dice Georges Bataille “… la existencia de un punto en el que lo divino y lo horrible, lo poético y lo repugnante, lo erótico y lo fúnebre, coinciden”. La certeza de que lo bello es también lo triste.

Es un libro que va hacia arriba pero es abajo, es bello y es macabro, es la pregunta sin respuesta. Es. Ese momento entre la vida y la muerte.

Dice la autora “este libro es una ofrenda para los que están y para los que no están”. Y se acerca con delicadeza a la ausencia,

y la presencia arrolladora del mar.

Fotografías que hablan en un lenguaje inteligible pero audible, como una música que suena a lo lejos y la fuerza de una ola que rompe en lo alto y cierra el relato.

Estamos de vuelta en el fondo de una casona en Buenos Aires.

Las fotografías de Bardo se proyectan sobre una de las paredes del patio, mientras la voz de la autora se esparce sobre ellas como una luz nueva,

sin embargo ha ido oscureciendo.

Se hace un silencio,

es de tarde y es domingo,

y en unos instantes llegará la noche,

entre tanto los pájaros pían

entre las ramas de los arboles de la casa que nos cobija

y no dejan de piar.

Es de tarde

y vendrá la noche

y habrá ahora

un libro en nuestras manos.

reseña: Florencia Cosin – ❤ @florcosin – ✎ florenciacosin@gmail.com

Este libro es forma parte de nuestro catalogo, se puede visitar en nuestro  catálogo virtual  o buscador por palabras  y participar del club de suscriptores para compartir libros & investigaciones.

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