EL RASTREADOR DE ARCHIVOS

EL OFICIO DEL ARCHIVISTA Y EL TRABAJO DE CAMPO

Compartimos un texto de Luis Príamo, investigador y conservador de archivos fotográficos, donde comparte su experiencia de relevamiento y trabajo de campo.

Apuntes sobre un oficio excéntrico

Luis Priamo

 

El trabajo de campo en la búsqueda de colecciones fotográficas suele considerarse, razonablemente, una actividad complementaria de la investigación y la conservación fotográfica. De hecho no conozco a nadie que viva de eso. A lo sumo se puede conseguir un subsidio para un proyecto concreto, pero son casos excepcionales. Esta página, sin embargo, pretende forzar aquel criterio y esta evidencia y darle a esa labor la jerarquía de un oficio. Veremos si puede.

Lo primero es procurarnos un marco teórico, que aunque no sea convincente le dará al intento una cierta categoría. Dicho marco lo encuentro en el hecho de que la fotografía, me parece, es la única actividad de orden plástico donde una obra importante del pasado puede haber permanecido en la sombra, desconocida, durante muchos años. Una obra o una parte secreta de la misma que los contemporáneos del fotógrafo –o él mismo, incluso– desconsideraron. Es lo que pasó, en cierto modo, con el peruano Martín Chambí. Y sin duda con Fernando Paillet. Asimismo hay fotografías importantes y completamente ignoradas en muchos archivos de fotógrafos amateurs, conocidas en su época sólo por el autor, su familia y, tal vez, algún amigo. Esto significa que la investigación fotográfica de campo aún puede revelarnos sorpresas y descubrirnos autores u obras importantes del pasado. Autores u obras, digo, porque también es propio de la fotografía entregarnos imágenes extraordinarias que no fueron producto del interés creativo, sino del oficio anónimo aplicado a la documentación por encargo, como ocurre a menudo con la antigua fotografía institucional. No creo que todo esto suceda con los artistas plásticos y sus obras. Al menos nunca supe de una investigación de campo en procura de trabajos y creadores plásticos ignotos. Por lo demás, como bien sabemos la naturaleza documental de la imagen fotográfica puede hacernos prescindir, muchas veces, de sus valores estéticos en función de su importancia testimonial.

Otra cuestión que particulariza la producción de fotografías es el carácter relativamente perecedero del interés por el objeto mismo. Perecedero e íntimo, sobre todo si se trata de retratos. Mientras guarda valor para quien la mandó tomar, la foto es un objeto privado por definición. Cuando lo pierde o cuando muere el dueño la foto se convierte, casi siempre, en desecho. El carácter de documento de cultura que toda foto, en mayor o medida, tiene, es ignorado o relativizado. Con las colecciones institucionales o de profesionales sucede algo similar, con el agravante del volumen que ocupan esos archivos, que suele ser intimidante y fastidioso. En resumen, por decirlo con lenguaje a la moda, el mercado no se ocupa de identificar, valorizar y preservar debidamente el patrimonio fotográfico. Es necesario que la sociedad civil y el estado intervengan voluntaria y racionalmente en el problema. Y aquí encuentra su lugar el buscador de fotografías, al que yo llamaría rastreador de fotografías, tomando el nombre de un oficio ya desaparecido y de prosapia respetabilísima en la cultura pastoril de nuestro país –tanto es así que Sarmiento le dedicó varias páginas memorables en su libro Facundo–.

A mi entender el rastreador ideal debe ser –a medias, al menos– conservador y editor fotográfico, historiador de la fotografía y persona más o menos versada en la historia del país donde vive. Además, debe conocer muy bién la política –o la ausencia de política– del estado respecto del patrimonio fotográfico nacional.

Con estas herramientas en la mano está en condiciones de plantearse los proyectos con sensatez y realismo, de valorar debidamente lo que va encontrando en su investigación y de tomar decisiones razonables para colaborar en la preservación y difusión eventual de los materiales.

Hay otras condiciones que también importan pero que no se consiguen en ningún libro: sentido común, don de gente y, sobre todo, una constancia de fierro. Más aún: en mi opinión el mayor enemigo del rastreador es la inconstancia. En este sentido un buen rastreador se parece a un buen coleccionista, pero sólo en este sentido. El rastreador y el coleccionista tienen en común la obsesión por el objeto, por la cosa, pero mientras el coleccionista está fijado en cierto tipo de material –éste o aquel proceso, o autor, o tema, o época–, el rastreador es un animal ávido de todo. Un coleccionista se fastidia cuando le muestran aquello que no está buscando. Un rastreador está siempre con el corazón en la boca frente a las imágenes que le van sacando de cajas o paquetes.

Esto es así, me parece, por dos razones. La primera es subjetiva: estoy casi seguro que en todo rastreador de fotografías hay, fatalmente, un melancólico. No un hipocondríaco, ya que una persona así no podría exponerse al fárrago de gente y situaciones nuevas e imprevistas a las que el rastreador se somete con entusiasmo cuando está de caza. Pero sí un melancólico, un melancólico suave, siempre abierto al asalto de la fascinación por las imágenes fotográficas antiguas. Una fascinación que en muchas ocasiones se pregunta con cierto pudor por su sentido, y que la mayoría de las veces no lo encuentra sino en el encanto un poco sensiblero, si se quiere, más que sombrío, por lo pretérito, por lo ido, por lo que nunca, nunca volverá, como dice el tango. La otra razón es objetiva: en primer lugar porque, como ya dije, el rastreador es consciente de que, aunque casi nunca ocurre, en cualquier momento pueden empezar a desplegarle sobre la mesa fotografías extraordinarias. En segundo lugar porque su interés por las fotos antiguas está incurso en una idea o concepto general amplio sobre la cultura de su país; una idea que lo lleva a preguntarse sobre el sitio que ocupa allí la imagen fotográfica, sobre lo que ella puede decirnos de nuevo y específico sobre el pasado, y también sobre su propia manera de relatar ese pasado. De hecho es también consciente de que la fotografía es uno de los documentos de cultura más solicitados por las otras artes y por la investigación histórica. El interés por buscar fotografías, en suma, también implica el interés por conservarlas, valorizarlas y ponerlas al servicio de la cultura del modo más amplio posible.

Otro tema importante del oficio es la necesidad de mantenerse libre de prejuicios a la hora de valorar las fotos de un archivo desconocido. Esto significa, simplemente, llevar el ejercicio del propio juicio hasta el fin. Si algo te impresiona mucho y bien, prestale atención, no importa dónde y cómo se encuentre, ni quién lo haya hecho, ni por qué. Siempre recuerdo un comentario de Diane Arbus sobre una foto casual tomada por una prostituta con una cámara polaroid a un cliente. El hombre se había puesto el corpiño de ella y se hacía el payaso. Arbus dice que es una de las fotos más conmovedoras que vio en su vida. Hay que mantenerse atento, sin embargo, a una tentación más o menos secreta que siempre acecha, hasta en los espíritus más probos: la tentación de convertirse en el-gran-descubridor de obras importantes y talentos ignotos, de subir al escenario como prima donna. Es una de las patologías más detestables del oficio. Nunca hay que olvidar que los sujetos de toda esta historia son las fotos y las personas que las hicieron, conocidas o no. Un buen rastreador siempre lo tiene presente.

Este trabajo forma parte de la ponencia que el autor presentó en 1998 en el coloquio Sacar del olvido. Encuentro sobre rescate de archivos fotográficos, organizado por el Sistema Nacional de Fototecas, INAH, México, D.F.

Lo acompañan imágenes tomadas de las portadas de libros publicados por Antorchas, a partir de la investigación de Luis Príamo, próximamente disponibles para la consulta en nuestra biblioteca.

Fernando Minnicelli

EXPERIENCIAS PROGRAMA TURMA > PORTFOLIOS

Proyecto fotográfico de Fernando Minnicelli en Programa Turma I

EL ROSTRO DEL ORIGEN

Desde hace muchos años una gran cantidad de bolivianos vienen a vivir a la Argentina, siendo la segunda comunidad extranjera en el país. Si entendemos el territorio como nuestra tierra de origen, si es el que nos lleva a nuestros antepasados, entonces ¿Cuál es la manera en la que los inmigrantes se conectan con su territorio?

Existen numerosas festividades que realizan tanto en la ciudad de Buenos Aires como en el Conurbano Bonaerense, en las que se representan sus tradiciones ante el público  local  y el numeroso público boliviano.

Pero es a través del uso de sus máscaras, en los ensayos, en sus propias casas,  o sobre el final de las festividades cuando se revela la encarnación de su identidad y la conexión con su tierra. Es en la noche, como los tonos se acercan a lo real a medida que se oscurecen, ocultándose los detalles innecesarios y poniendo de manifiesto lo trascendente.

Ni un disfraz ni una representación. El danzarín y la máscara se unen y forman algo intrínseco; en ese instante son su propia piel, la de sus antepasados, materialización de sus raíces.

La máscara es su rostro, su historia, su esencia.

EL MITO

 

Hay un mito, hay una cultura de hombres y mujeres que por las noches se conecta con sus antepasados, con su origen, con la superficie del altiplano cercano a las nubes y a las estrellas, con un latido primitivo que es el mismo desde el primer nacido de estas  tierras.

Un latido que se escucha entre el aullido de animales salvajes y el trinar de las aves, con los rayos de sol que se cuelan entre los árboles de las yungas y en el gran desierto de sal. En el vapor hirviente que ebulle desde adentro de la montaña y en el alto lago.

Texto & fotos = Fernando Minnicelli

Fernando Minnicelli (Ciudad de Buenos Aires, 1975)

Fotógrafo y realizador. Desde 2010 y hasta la actualidad se desempeña como fotógrafo de Canal Encuentro, Pakapaka y Deportv, y de manera independiente. Participó de talleres a cargo de Guillermo Ueno y Alberto Goldenstein. Estudió con Juan José Traverso y Tony Valdez en ARGRA donde fue becado y luego finalista en photoworkshop Buenos Aires de Gustavo Jononovich, Leo Liberman, Marco Vernaschi (2012), fue seleccionado en Bienal Argentina de fotografía Documental(2012), Paraty em Foco, Brasil (2013) participó en workshop de producción multimedia con José Bautista, fue seleccionado para revisión de portfolio Encontros Da imagen, Portugal (2013) y finalista Festival Tritón Sabañañigo, España (2013). Seleccionado Concurso Transparesencia (2017). Foto de tapa libro de la Asociación Madres de Plaza de Mayo “La historia en fotografías 2010-2017” (2017).

PROGRAMA TURMA: Desarrollo de Proyectos Fotográficos

Este portfolio es producido en el marco del PROGRAMA TURMA, un curso interdisciplinar desarrollado para fotógrafos y artistas visuales con el objetivo de profundizar sus conocimientos, afianzar el desarrollo conceptual conceptual y creativo de su trabajo, el entrenamiento técnico y la gestión participativa de proyectos.

Más información

Mapa editorial independiente en Iberoamérica

Cristina De Middel, Verónica Fieiras, Ramón Reverté y Alejandro Cartagena, cuentan las estrategias de circulación y difusión que utilizan en sus proyectos editoriales.

Realizado por TURMA de Fotografía, Buenos Aires, Argentina, para el EN CMYK, Encuentro de Fotolibros del CdF, Montevideo, Uruguay. Junio 2017.

Música de Axel Krygier